Ya me estoy empezando a
hartar
de ser tu princesa nada
más.
[...]
Y apuntando con el
secador me dice
que no joda, que sola
está mejor
Emperatriz
Supersubmarina
Una relación (amistosa,
amorosa, indefinida) no es un contrato, es una relación.
Una relación es unir
lazos con alguien porque te apetece, desde tu libertad personal,
individual e intransferible. Nadie te obliga a permanecer en una
relación, estás porque quieres. Si estás aunque no quieras, ya no
es una relación sana.
Si tú quieres estar para
una persona, allá tú, es tu decisión.
Puedes decidir estar para
lo bueno o para lo bueno y para lo malo (si sólo quieres estar para
lo malo, háztelo mirar, se llama masoquismo).
Esa otra persona, desde
su libertad personal, individual e intransferible puede establecer
contigo los mismos lazos, lazos diferentes o ninguno en absoluto. Y
es libre, como tú, de establecerlos como quiera.
Una vez claras las
reglas, donde lo deseable es jugar ambas personas al mismo juego, se
puede avanzar, retroceder o eliminar de raíz toda relación.
Pero, ¿qué significa
“estar” para una persona?
¿Significa que vas a
estar con ella, para ella, pase lo que pase o sólo si se ciñe a tus
deseos?
Porque existen relaciones
basadas en la libertad y otras basadas en la coacción. Y tenemos un
problema cultural grave, porque se nos enseña de boquilla que
toda relación se basa en la libertad, cuando lo cierto es que la
mayoría se terminan convirtiendo en relaciones coercitivas.
Se nos enseña que las
relaciones son estáticas, como si los deseos de las personas no
pudieran cambiar y evolucionar con ellas, como si por el hecho de
decidir algo en un momento dado, no pudiéramos cambiar de opinión
después.
Las amistades suelen ser
más flexibles en cuanto a ésto último, de ahí que suelan ser más
duraderas que las relaciones de pareja (y más satisfactorias a la
larga).
El problema, convenimos,
está en las relaciones de pareja. Concretamente, en las relaciones
de pareja basadas en el estereotipo del amor romántico, que es el
que manda en el mundo occidental.
Una relación de pareja
basada en el amor romántico establece, básicamente:
-Que el amor de pareja es
necesariamente sinónimo de sacrificio.
-Que el amor de pareja es
eminentemente exclusivista.
-Que el amor de pareja
está por encima de cualquier otro.
Y si te sales de estas
condiciones es que “no quieres a esa persona de verdad”. No,
perdona, a lo mejor es que no te quiere como tu querrías que te
quisiera. Como si se pudiera querer
de mentira.
Es decir que,
objetivamente, el amor romántico aún basándose en la anulación
y/o represión de los deseos personales de dos individuos, es lícito
porque esas dos personas están dispuestas a renunciar a sus derechos
individuales. Se premia a las personas que han elegido libremente
ser esclavos el uno del otro. Y cuando empiezas una relación
con una persona, esto no se dice muchas veces ni se pacta, esto se
supone. Y se supone aunque la relación cambie o sea
insatisfactoria o cualquier otra cosa. Ahí viene la trampa:
mantenemos las “obligaciones” de una relación a pesar de que
haya desaparecido la satisfacción que nos proporcionaba.
Cuando nos enamoramos,
muchas veces esperamos contratar el amor de esa persona para
siempre -o hasta que nos dé la gana-. Y si a los dos meses no
le satisface, le damos de baja sin compromiso ;-)
Contratamos afecto y, en
ocasiones, hasta con compromiso de permanencia (como en el caso del
matrimonio tradicional). Y luego nos frustramos porque las cosas no
salen bien, porque al final esa relación se torna en una fuente
constante de insatisfacción. ¿Por qué? Porque las condiciones han
cambiado, pero no se nos permite modificar las reglas del juego.
Hay una coerción muy
sutil que se establece en una relación de pareja. Una coerción que
personalmente me aterra. El perverso juego es el siguiente: Yo te doy
10... así que dame 10 tú también. Y si no lo haces, no me quieres.
Y si no me quieres, sal de mi vida. Y así es todo de radical.
Vamos por la vida
exigiendo a las personas que nos quieran como nosotras las queremos,
y esto no es así, no puede ser así, por más que nos empeñemos.
Eso por un lado.
Desde mi punto de vista
femenino y heterosexual (creo), las mujeres nos encontramos con otro
problema, además de tener que cumplir con el estereotipo de amor
romántico.
Ahora que los tiempos han
cambiado, los hombres gritan: ¡mujeres sumisas no, mujeres
libres!
Y
eso queda muy guay y muy políticamente correcto. Pero pocos se paran
a pensar qué significa ser una mujer libre. Ser una mujer libre
implica guiarte antes que nada por tus deseos, pensamientos y
sentimientos. Si se diera el caso de tener que elegir, esa mujer
elige por encima de los deseos, pensamientos y sentimientos de los
demás, sí. En cierto momento, esa mujer puede elegir tener más en
cuenta el deseo de otra persona antes que el suyo, pero eso no es una
obligación innata en la mujer como se nos viene inculcando desde
pequeñas, ni es una costumbre sana si se hace a menudo, sino que al
ser una elección individual -y puntual- se llama hacer un
favor enorme. Aunque no
tiene que ser necesariamente sinónimo de amor. De
hecho, muchas veces se hace por puro interés.
En
fin, aquí viene la perversión del sistema heteropatriarcal:
Una
mujer elige satisfacer a un hombre. Aplausos, vítores. Ha elegido lo
correcto, ha elegido anteponer a otras personas antes que a sí
misma.
Una
mujer elige mandar a paseo a un hombre. Abucheos, gritos de
decepción. Es una estrecha... salvo con una honrosa excepción.
Antes, ninguna mujer podía estar con un hombre que no fuera su marido. Ahora se nos permite estar con más de un hombre, pero sólo si al final nos volvemos buenas, sólo si al final terminamos con única compañero al que ser fiel todos los días de nuestra vida. ¿Es eso libertad o nos la están volviendo a dar con queso?
¿Podemos
tener mujeres libres cuando se nos presiona desde la sociedad para
que anulemos y reprimamos lo que somos en pro de los deseos de otro,
preferiblemente varón?
Podemos,
sí, pero conlleva el precio de la estigmatización social, mientras
que los hombres que eligen el camino de ser libres no suelen correr
la misma suerte que nosotras en este aspecto.
Muchos
hombres desean que las mujeres que les interesan sólo para tener
sexo sean muy libres, sean muy putas. Como los están satisfaciendo,
ahí no hay problema y está todo bien.
¿Y
para establecer una relación de pareja? Las cosas cambian. Ellos también
eligen a chicas malas
para enrollarse, pero se casan con las buenas. Es decir, que las malas, las putas, las libres, no son dignas merecedoras de amor.
¿Quiénes son las buenas? Aquellas que aceptan las normas
heteropatriarcales de sumisión por sistema, se supone que de forma
totalmente voluntaria, a los deseos del otro.
La
clave está en qué deseamos ser nosotras. ¿Deseamos ser mujeres
libres para unas cosas y sumisas para otras? (Hipócritas, en otras
palabras) ¿Tenemos que desdoblar nuestra personalidad para contentar
a todo el mundo? ¿Una mujer puede ser
muy puta con otros y muy
fiel con uno? O peor
aún... ¿debe serlo si no está de acuerdo con ello?
¿Cómo
ser libres si la sociedad claramente aplaude el hecho de que pongamos
cadenas a nuestra naturaleza y nos escupe cuando no cumplimos con
unos supuestos? Pues a base de sangre y fuego, no hay otra. ¿Queremos
ser mujeres libres, sumisas o sumisas que aparentan ser libres? Y allá cada una. Todas tienen claras
consecuencias.
Amar
a una mujer es aceptarla con sus deseos, pensamientos y sentimientos.
Gracias a ellos y, a veces, a pesar de ellos. Es lo que hace que una
mujer sea esa y no otra. Si a una mujer le negamos que desee, piense
y sienta como lo hace, es negarle que sea ella misma. Cuántas veces
procuramos negar la realidad de lo que es,
para convertirla en la que deseamos que sea.
No
olvidemos tampoco que ellos no se escapan de las reglas del juego,
aunque si lo hacen no son tan castigados. El estereotipo del amor
romántico no entiende de géneros. A ellos también les pide que,
por cojones, renuncien a una serie de privilegios sólo porque se han
enamorado. Y si quieren, que lo hagan. Pero no deberían tener por
qué hacerlo. Y nosotras tampoco.
Las
relaciones de pareja son difíciles por eso, porque muchas veces no
sabemos distinguir entre nuestro deseo y el de la otra persona. Y ahí
aparece la coacción en ocasiones, lo que termina sin ninguna duda
con la relación.
Una
relación sexual libre se basa en tres cosas, como dice la canción:
confianza, respeto y colchón. Si es amorosa, se añade un plus de
afecto. Pero no hay más. Si cualquiera de esas cosas falla, es el
principio del fin de la relación. Y todo esto, repito, suponiendo
que hay un contexto de libertad, donde no tenemos miedo de decir a la
otra persona que algunas de estas condiciones han cambiado o se han
ampliado a una tercera, o a saber.
Que
nacer paloma hubiera sido más fácil que nacer persona. O no. Como
decía Unamuno, a lo mejor el cangrejo resuelve ecuaciones de segundo
grado.
***
He
elegido la canción que está a continuación porque habla de una
chica libre, una chica que no quiere ser una princesa, que “sola
está mejor” y a la que el chico no entiende y la tacha de ser “un
conflicto mundial” porque no le pone las cosas fáciles. Si bien es
cierto que la chica parece que con esto de la libertad ha perdido un poco el
norte y cae en el error de querer imponer al chico una serie de
cosas, como que deje de hablar con sus amigas: “Me dice que se
acabó esa mierda de charlar/con tus amiguitas en el disco bar”,
aplicándole las reglas exclusivistas del amor romántico, no deja de
llamarme la atención lo conflictiva que le parece al muchacho, como si la chica estuviera loca o algo. El chico claramente es un cobarde y se deja hacer, por eso la mala es ella y hasta le ha hecho una canción y todo. Está compensando, que se dice en Psicología. Tiene miedo de enfrentarse a ella porque ella demuestra ser fuerte, incluso autoritaria.
Hubiera sido más raro que esta canción la hubiera escrito una mujer,
porque el comportamiento del “emperador” se ve más normal. Son
ellos los que se suelen ir al bar con sus amigos mientras ella está
en casa. Son ellos los que nos exigen más a menudo que renunciemos a cosas por estar con ellos. Son ellos, con mayor frecuencia, quienes nos piden que renunciemos a nuestro espacio propio.
En
mi opinión, es mejor dejar los imperios para la historia y empezar a
crear relaciones basadas en el respeto y la confianza, que queda muy
bien decirlo, pero que es difícil en ocasiones porque hay que dejar
el egocentrismo radical a un lado... pero sin perder de vista jamás que YO es la persona más importante de nuestra vida.
"No hay quien os entienda, ¡basta ya!"... pues elige a una borreguita, chico, probablemente te irá mejor.
Pufff... No voy a decir mucho porque no me pillas en un buen día y me pondría aquí a despotricar hasta mañana por la tarde.
ResponderEliminarMe ha gustado mucho. Chapó. Hasta el coño ya de ser.mujer, de ser sumisa y de su puta madre. Ojalá una charla larga y distendida sobre el asunto :)
Ub beso.
Menuda enjundiosa entrada te has marcado. Si hubiera que reducir mucho, mucho el problema, yo lo dejaría reducido a una falacia que nos han inculcado desde los tiempos de maricastaña: la fidelidad. No somos monoandricas ni monógamos, aunque se empeñe el patriarcado. Y es posible amar a más de una persona simultáneamente. El término fidelidad debe ser cambiado entonces por el de sinceridad. Aunque una entrada tan densa es imposible resumirla en diez líneas.
ResponderEliminar¿El amor romántico tiene que ser necesariamente sinónimo de sacrificio? Creo que sentir un amor exclusivista que está por encima de cualquier otro puede ser muy satisfactorio para una persona, y no siempre conlleva su anulación. El problema es cuando se "estandariza" ese amor y se da por hecho que es obligatorio amar así, aunque no se sienta eso (Borges decía que el verbo amar no admite imperativos).
ResponderEliminarTambién de acuerdo en que el hecho de que se presuponga este tipo de amor es una trampa, pero hay que tener cuidado, aunque no haya por qué suponerlo, sí habría que avisar de que no se está siguiendo esa línea, porque lo normal es que la otra persona sí lo haga, y en cierto modo sería un engaño.
Creo que cuando una persona, hombre, mujer, homosexual o heterosexual quiere tener una relación (monógama basada en amor romántico, que es lo que culturalmente se da por hecho al hablar de relación) busca alguien que le de seguridad y que cumpla las mismas reglas. Es decir, no es que las mujeres malas no sean merecedoras de amor, es que si no sigue las reglas de la relación monógama imperante, no se puede mantener una relación monógama imperante. Lo mismo pasa con los hombres, también se dice que las mujeres tontean con los malos pero se casan con los buenos; aunque luego está el no-sé-hasta-que-punto tópico de que las mujeres se casan con los malos para intentar cambiarles.
En cualquier caso, estoy de acuerdo, es necesario redefinir el significado de relación y aceptar de una vez que hay tantas formas de amor como personas que aman (y joder, que ninguna es mejor que otra, simplemente no engañes y no te engañes).
Un abrazo!