28.3.17

Gatos callejeros


Aquel año descubrimos nuestra marca. 

Mi familia era una de tantas y, sin embargo, era como pocas: de las que se cosen con ternura a través de los años, sin sangre compartida pero con muchas experiencias a las espaldas. Un lazo silencioso nos unía. Nunca hablábamos demasiado alto, pero había un algo en nuestro modo de mirar que nos delataba como pertenecientes al mismo grupo.

Los gatos callejeros tienen una historia triste detrás. Antes, esos gatos no existían. Estaban bebiendo agua en el rellano de alguna vivienda o jugando en el jardín de un desconocido. Y un buen día, la indiferencia, el desprecio. Sin más. Las dos hostias que más duelen en la vida en un solo día, concentradas. Ser abandonado en un parque a unas buenas, en la carretera a unas malas. Y esos, quienes no aparecían ahorcados en el patio trasero familiar un día en el que los niños no estaban en casa.

Entonces los gatos despreciados de los parques se organizaban, se apadrinaban entre ellos, forjaban enlaces de amistad o parentesco porque ¿no es así como el individuo resiste, a través de la comunidad? El amor como único escudo ante la indiferencia con la que los transeúntes caminaban al lado de colonias florecientes de maullidos y colores. Y un buen día, algunos desaparecían. Quién sabe sin bajo el abrigo de alguna excéntrica amante de los animales o de un sádico que deseaba torturarlos en su sórdido sótano. Las familias maullaban con desesperación ante las desapariciones súbitas, alguno perecía bajo las ruedas de un coche buscando a su cría o se descubría envenenado semanas después, al lado de la casa de aquella vecina a la que poco gustaban los gatos extraviados porque le estropeaban las plantas. Daba igual en cualquier caso. Las colonias florecían en ciudades repletas de humo, desaprensión y soledad como última metáfora del amor y la vida, capaces de continuar adelante en un terreno hostil, que incluso de forma puntual no tenía reparos en masacrarlos. Pero siempre renacían.

En algunas de esas colonias conocí a mi familia. No puedo decir que yo tuviera algo que ver: fueron ellos quienes me eligieron. A su forma y manera, uno a uno se arrojaron a mis brazos y yo sólo pude recibirlos con la comprensión de quien sabe bien lo que es el desarraigo y el posterior descubrimiento de que tienes seres a los que pertenecer. Yo los amaba como quien ama cualquier parte de su ser.

Después varios años de risas; nunca los suficientes, pero sí bastantes. Las mudanzas, el traqueteo, compañeros de piso que se sucedían ajenos a nosotros cinco porque éramos un núcleo, una piña, el verdadero corazón inicial. Muchos años de golpearnos la vida hasta el día en que nos golpeó la muerte y no supimos cómo recomponernos. Porque nos debíamos los unos a los otros. Y ya nada sería igual.

Y aun así continuábamos hacia delante. Por los que morían en las autovías. Por quienes terminaban siendo el blanco de psicópatas sin escrúpulos. Por los que iban a una clínica pero nunca salían.

Como la lucha de clases que se resiste a desaparecer por más que la soga ahogue o el fuego queme, así salíamos adelante con convicción y vista al frente. Nos debíamos al amor, y la muerte era mero trámite.

Nosotros, gatos callejeros que crecíamos en los parques rodeados de disidencia y botellas vacías, hijos de nadie a los ojos de todos. Y sin embargo, mirándonos nos descubríamos. Incluso tras ojos y rostros humanos. Repudiados, proscritos, soñadores, migrantes, incomprendidos. Quienes no eran de nadie, eran de los nuestros. Siempre, de los nuestros.


Aquel año lo aprendimos todo. 
Aquel año descubrimos nuestra marca.




12.3.17

No he venido a pedir permiso


No sé cómo siempre termino envuelta en conflictos que no me atañen;
acabo con problemas entre las manos que no son míos
y la verdad es que no sé si esta doble cruzada
de bruja y guerrera 
me dará para librar todas las batallas.
A veces pienso que me llevará por delante
y ahí terminará todo.
Yo habré dejado mi sangre,
mi memoria, mis espuelas.
Y con todo ese desgaste
me señalarán diciendo:
“Nadar a contracorriente
es lo que nunca haría la gente inteligente”.
Pero yo necesito poner mi pecho al servicio
de ideas peligrosas,
necesito amar desde la piel
y acunar desde mis ojos,
saber que en las almas de otros
trascenderé, 
aunque sólo sea por un instante.

1.3.17

Mirar más allá


Recuerdo esa mirada. Tu mirada de desprecio. Desprecio hacia mis ideas, mis sentimientos. Ya había visto una muy parecida. Las personas egoístas parecéis todas hechas con el mismo molde. Todas alabáis la libertad ajena hasta que ésta empieza a discordar con vosotras y a poneros contra las cuerdas. No tenéis secretos para mí. Las que conozco tienen en común una cosa: muestran prejuicios por todo lo que yo soy capaz de amar en un golpe de vista. Esa es mi medida. Siento lástima por vuestro mundo tosco, gris y limitado; por vuestro espíritu y conciencia aún más pequeños y sesgados. Por tener el corazón tan estrecho. Trabajo cada día por ser lo opuesto a vosotras. Abrir tanto mi pecho que pueda ignorar vuestra pobreza en humanidad y hasta contemplaros con ternura, sabiendo que somos de especies diferentes y nuestro tiempo habla de cada cual. Hay quien malgasta su tiempo en odiar; hay quien invierte su tiempo en amar.

26.2.17

Del ruido



A pesar de ser de barro
y de silencio
a veces necesito llenarme de ruido.

Volver a ser la desarraigada
que busca colapsar sus sentidos
para no oír nada más.

Cuando no sabes qué vida es real
y cuál ficticia,
da igual lo que ocurra ya
al pasar de página.

Eres tú o el personaje,
tú o el personaje,
tú, el personaje
o tú.

Demasiada juventud
para tanta grieta.

Te abres y reinventas
y te pareces a alguien que conoces
pero que no fuiste
y ahora tampoco eres.

Tu versión futura se desdibuja
y se parece y no se parece
a las anteriores.

Así que apuras la cerveza
y te das cuenta
de que hay viejas canciones
que ya no te conmueven.

Ya eres otra y aún así
no sabes quién eres.
Sólo la noche y tú;
el barro, el ruido.


21.2.17

Por verme sonreír








¿Ves aquel punto en la niebla?
Ese puede ser tu gran amor.
Y aquel tu perdición.
Y aquellos otros dos 
nos anuncian 
que vendrán tormentas.
-Nacho Vegas-





Ahora creo que me dieron los planos del revés.
Ahora sé que la semilla que fue plantada con amor
fue tratada con desdén
y el mal penetró en ella
emponzoñando el bosque.
Desde la pena, sin embargo, sonrío
porque Moby Dick no pudo conmigo
y porque al final logré salvar el bosque
y conseguí hacer crecer en él
todas las cosas bellas y hermosas.
Anoche corté el lazo que creí que nos unía.
Por fin me quiero más de lo que te quise a ti.
Ahora sé que lo mejor está por llegar.





25.1.17

In the waiting line


Cuántos días lleva desentrañar el mapa de tu propio rumbo. Parecen siempre demasiados. A veces son demasiados. Quizá sean siempre demasiados. O no son nunca suficientes. Sin embargo, ahora, al contemplar el puzzle, puedo ver una figura emergiendo de él. Las figuras nunca prometen nada pero delimitan el camino, delimitan la visión. No quise mirar las cartas cuando presentía vientos de cambio y ahora veo crecer las certezas como flores en mi jardín. Tal vez sea el momento de cortarlas y aceptarlas en mi regazo. ¿He perdido? ¿He ganado? Es difícil de decir. El tiempo está en pausa y noto todas las miradas sobre mí, esperando mi próxima jugada. Observo el tablero de reojo y recuerdo los miedos que inmovilizan mis dedos. Al final la vida es para los valientes. Por eso estoy en pausa. Pero no por mucho tiempo, pues la vida precisa de respuestas. Y las respuestas que un día escuchas saliendo de tu boca son justo las que nunca habrías pensado que darías. Y a pesar de eso ahí estás, anunciando tu próxima jugada. Y aun así las reservas, las dudas. No se puede renunciar a la vida eternamente. Me quedan demasiadas cosas que aprender. Y he olvidado muchas de las que aprendí. Soy la eterna aprendiz esperando a ser sorprendida por mí misma. El reloj de arena que aparece en mis sueños agota los últimos granos de tierra.


¿Podré creer en lo que veo?





13.1.17

Esas tantas veces


A veces inicio el juego
de mis distintas personalidades.

Está la impulsiva,
la que termina con alguien en la cama
sin saber cómo,
la que dispara primero y pregunta después,
la que hace lo que le sale de las tripas
y su animal mitológico favorito
son las mañanas de los sábados
sin resaca.

Está la desencantada
de mirarse,
de mirarte,
y sólo quiere estar bajo las sábanas
esperando a que alguien la despierte
cuando se dibuje una realidad diferente
de los tres grados bajo cero.

Está la risueña permanente,
la que todo lo ilumina con un gesto
y nunca se arrepiente
de quedarse sin fuerzas
para regalarse a los demás
y si se desgasta en el camino,
bueno, mañana tendrá otra energía
y será distinto.

Está la cínica,
la que esboza una verdad que nadie quiere
y luego llora
y después ríe
y al final destroza las expectativas
y nunca juzga cuando alguien se decide
a tirarse desde un puente.

Está la razonable,
la que sabe tanto que nunca sigue
sus propios consejos
y se defiende cuando termina
en un agujero negro
con la sonrisa culpable de
ya lo sabía, pero cómo no caer.

Está la indolente,
la que nada siente cuando la hieren porque,
total, qué es un arañazo más
en una espalda desangrada.
Nunca se da la razón cuando miente
y así le va en su mundo de anestesia fingida.

Está la inconsciente,
la que mira con ojos de quien no sabe muy bien qué
cuando conoce tu aroma,
esperando a descifrar la chispa primera
que la acercó hasta ti
para averiguar por qué siempre le gusta
asomarse al abismo que supone
la mirada desconocida que termina
en un incendio más que conocido.

Está la errante paradójica,
la que huye siempre y sin embargo sabe
que si pudiera volver atrás para enmendar
sus propios errores
simplemente se limitaría a cometerlos
a conciencia.

Y frente a ellas estás tú
mirándome con desconcierto porque nunca sabes
a cuál exactamente tienes delante.

3.1.17

Final de juego


Ya no sé qué queda a final de juego.
Tenías el doble rasero de quien habla
de mujeres de las que nunca se enamora.
El viento roza mis alas y ya no sé
si quiero emprender el vuelo
o dejar que me arranque las raíces,
¿qué dolerá menos?
Qué ironía que mi fuego te quemase
cuando tú me helaste las entrañas.
Qué ironía que ahora que estoy curada
note a las hienas apostándose mi alma.
El jersey que llevo siempre conmigo, roto,
es señal de la guerra que ruge por dentro,
batalla tras batalla,
las heridas de bala que escuecen y no sangran
están abiertas
como estos labios míos
que nunca callan.
Vuelvo a tener miedo de hablar de las cosas
de las que nunca se habla.
Y lo siento.
Siento al fuego arder
donde no debe;
son los aullidos de mi propio infierno.
Vienen a saludarme antiguos miedos
y la única certeza en este final de juego
es que el juego nunca se acaba.
Ruedan los dados
-mis esperanzas, mis sueños-
y yo,
continúo a la deriva, con ellos.