6.7.19

La tercera sol.edad



La primera soledad tiene rostro infantil. Es indudablemente física. Tiene algo de atávica, de primitiva. Es como el miedo a la oscuridad. Tenemos miedo a lo que desconocemos y si se acercan las tinieblas, somos incapaces de ver. Y se apodera el pánico de nosotras. No se puede avanzar sin guía. No se puede avanzar sin acompañantes. Los genes nos programan para sobrevivir y el genoma humano es claro al respecto: se sobrevive en manada; en soledad se muere. La primera soledad te impulsa hacia el movimiento. Por eso coges el teléfono o sales por la puerta a refugiarte en la barra de un bar. La primera soledad te invita a la vida.
La segunda soledad es adolescente. Es la que te hace necesitar aprobación de la gente extraña. Caes en un lugar nuevo y si sientes que no encajas, te muerde por la espalda. Es el miedo a la probabilidad de quedarte sola a pesar de tener la opción de relacionarte. Tiene algo que ver con la primera, inconscientemente, pero trasciende más allá de ésta. La segunda soledad también incita al movimiento. A atreverte con lo desconoces, a conocer gente nueva, a abrir nuevas puertas. La segunda soledad te invita a buscar dónde establecerte y se mete en tu mochila para viajar contigo.
La tercera soledad es adulta. Se cierne cuando ya has aprendido que da igual estar físicamente sola porque estás contigo o saber que no vas a tener la capacidad de caer bien a todo el mundo (lo que ni siquiera es deseable). Es la que aparece cuando crees que ya has llegado a tu tribu y sin embargo la sientes ajena. Porque sientes como certeza que no te entienden. A veces no te entiendes ni tú. Es un triple tirabuzón hacia dentro. Es el miedo al vacío. Es un abismo creciendo dentro de ti. Es la soledad en compañía en todos los sentidos. Y deja los ojos huecos y el alma seca si no pones remedio. La tercera soledad te invita a la muerte. Es el abismo devolviéndote la mirada y tú sin saber cómo apartarla.
Se desconoce si, de soledades, existe una cuarta.






15.6.19

Escapistas



Somos escapistas. Aquellas que sólo quieren huir de una realidad, de un mundo, que las encierra, las encorseta y, finalmente, las hace rebelarse. El burbujeo de la sangre es una sensación muy explícita. Es difícil vivir siempre en rebelión con una misma, contra los hechos… en rebelión continua.

Quienes somos escapistas nos reconocemos en nuestra propia tribu. Yo he conocido a varias, a varios, siempre el mismo brillo de travesura íntima en la mirada, cristalina para quien sabe mirar.

Escapistas de vidas familiares asfixiantes. Nos reconocíamos en los campus, en las heridas, en las azoteas de principios de verano, en las tardes en el río, en los nuevos hogares por habitar.

Escapistas de ciudades. Siempre nos descubríamos en los bares, en las clases de idiomas, en estaciones de transporte. Hola qué tal, cómo alguien como tú en un sitio como éste. ¿Me siento a tu lado? Espero no te importe.

Escapistas de relaciones tormentosas o difíciles de olvidar. Nos reecontrábamos entre las sábanas, pieles con texturas y colores diferentes para desdibujar otras mentes. Y sobre todo el sabor, la melodía y los aromas. Y dime tú si aquello no era ternura o amor... aunque fuera fugaz.

Escapistas del sistema. Nos saludábamos en las manis, en la trinchera, en cualquier antro de tertulia físico o virtual. En las aulas de Filosofía. Y en qué último libro te has refugiado; dime qué haces cuando huyes de las melancolía; háblame de ti desde dentro, desde lo colectivo y desde lo individual.

Escapistas de la vida. Nos besábamos los errores. Enséñame tus cicatrices. Seis canciones y todas me recuerdan a ti. Las nostalgias que te son ácidas al borrar. Y los atardeceres e inicios. Los finales y amaneceres. Existencialismo puro en el comienzo de una copa o en el cierre de un bar.

Yo no huyo por cobardía o falta de entereza. Aunque sepa que si me quedo me destrozarán. Huyo porque en la huida está la garantía de vivir. Y vivir en un mundo que sobrevive se sobrepone a cualquier otra victoria.


"Scratch ran out along the way
 think I got one more word left to say"




22.5.19

Los ángulos de las escaleras



Hoy me paré frente a las escaleras de la estación. Esas escaleras que me han visto ilusionada, soñadora, fuerte, enérgica, diseñando y trazando futuros; pero también abatida, apática, sin estar en mí y con el corazón partido por la mitad sin saber dónde enterrarlo.

Cada vez que pasaba junto a ellas, y por eso las evitaba, asomaba a mi pecho una punzada de dolor y pérdida. De querer recoger el pasado y a esa niña y abrazarlos.

Ahora he vuelto para recoger esa punzada, por nostalgia, a tomarla entre mis manos y me he descubierto a mí misma mirando esas escaleras como si no recordara nada, como si en esas escaleras hubieran estando acogiendo a otra riendo y llorando.

Me he visto entera, diferente, extraña; como si mirase por primera vez las escaleras.

¿Habría muerto definitivamente esa persona que vine a recoger, y que fui en otro tiempo, en la cima de las escaleras? ¿Crecer era ésto?

Aunque un par de cosas siguen siendo ciertas: odio las estaciones de tren y sigo fumando la misma marca de cigarrillos (cuando nadie me ve).

Quizá es esa la moraleja: lo que amas siempre se va y sólo queda lo que te mata o lo que detestas.