24.8.13

Lorazepam y tinto de verano

Dime, querido cobarde, qué pensaste al pegar un frenazo de repente dejando las ruedas clavadas en el asfalto. Allí, delante del hotel, me miraste cabizbajo y me susurraste: bájate. Bájate, como diciendo ya no quiero nada más.

Obedecí tu orden con rapidez, asustada por si podría enfadarte siquiera con un débil amago de insurrección. En seguida saliste del coche, para acto seguido abrir el maletero y tirarme unos tacones desgastados de furcia barata que sacaste del interior. Póntelos, dijiste, te quedarán bien.
Volví a obedecerte, esta vez ya sin prisas, adivinando tus deseos. Arrojé los zapatos que llevaba a una papelera, no menos baratos que los que tú me habías dado, y me puse los tacones.

Me agarraste del brazo entonces, no sin cierta violencia, y tiraste de mí con brusquedad hacia el hall del hotel iluminado que se abría ante nosotros. Apenas podía caminar con aquellos tacones de aguja imposibles, pero no parecía importarte. Pediste una habitación como quien pide desganado un par de cervezas a un camarero apático y, una vez obtuviste la llave, me empujaste hacia el ascensor que nos conduciría a la habitación. Mientras subíamos hasta la sexta planta escuché tu respiración entrecortada, y apenas unos segundos más tarde tenía tu aliento que apestaba a tinto de verano de garrafón calentando mi cuello con besos torpes y apretados. Cuando se abrió la puerta me arrancaste las bragas dejándome las piernas marcadas, pero ya nada te importaba, ni siquiera yo.

Casi a patadas abriste la puerta mientras me tenías fuertemente agarrada de la muñeca, y me tiraste al suelo de un empujón. No me diste tiempo de llegar a la cama, intenté arrastrarme en vano hacia ella mientras tú me agarrabas de los pies pidiéndome que me estuviera quieta y que me dejara puestos los tacones. El vestido azul de tirantes que llevaba lo desgarraste en varias partes y me inmovilizaste contra el suelo mientras me tapabas la boca con las manos. En cierto momento quise gritar, pero tus dedos me atenazaban con demasiada fuerza. Escuché el sonido de tu cinturón desabrochándose y en ese momento noté cómo la náusea ascendía por mi garganta.

Sentí que en ese momento, al fin, yo había tocado fondo. Qué decir, estaba contigo en aquel hotel tumbada boca arriba mientras tú te disponías a violarme y yo me moría de asco. Siempre había hecho lo mismo, pero con tipos mucho menos peligrosos, por lo que esa situación en concreto jamás se había dado en mi vida. Sólo era cuestión de tiempo y azar que me encontrase con mi némesis, un hombre dispuesto a destrozarme por fuera y por dentro sólo por sentir que yo era demasiado frágil. Porque lo era, lo era a pesar de los tacones, del perfume, del maquillaje, del estudio en el que vivía y de pagarme las facturas a base de bajarme las bragas ante los niños ricos de los barrios pudientes. Y fíjate ahora, tú, un triste pájaro sin blanca que me encontró herida en la calle y me pagó unas copas, ahora te disponías a hacer de mí lo que querías.

Pero entonces empezaste a tener convulsiones. Te levantaste precipitadamente y te arrojaste sin miramientos hacia el cuarto de baño para vomitar. Me llevé las manos a la cara en cuanto pude respirar con normalidad y noté las lágrimas resbalando por mis mejillas, el rímmel escociéndome en los ojos. Me levanté mareada, escuchando cómo te desahogabas en el lavabo, y casi ni acerté a cubrirme con una sábana mientras avanzaba a duras penas hacia ti. Vomitaste varias pastillas, llenándolo todo de un intenso olor acre. Lorazepam, cómo no.

Sin pensármelo dos veces tiré la sábana y recogí lo que quedaba de mi vestido atándomelo en torno al pecho y los muslos a modo de burdo top y minifalda. Corrí escaleras abajo y no miré atrás.

Me escapé por los pelos de tus manos, tuve suerte. Pero qué quieres que te diga, algo bueno tenía que tener el follar con pacientes psiquiátricos.


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