1.7.13

La esfinge (I). El perfil de una terrorista.


—¿Y por qué le causa tantos transtornos? —preguntó el psicólogo cruzándose de piernas— tengo entendido que no es su novia, ¿no?

— No, no lo es. Al menos no lo que uno entiende en general por novia.

— Pero, ¿ella lo quiere a usted?

— Si le digo la verdad, no lo sé.

— ¿Eso es lo que lo atormenta?

— En parte sí... y en parte no.

— ¿Entonces?

— Es que con ella uno no puede estar nunca seguro de nada.

— A ver, se ve que la chica le preocupa. Cuénteme más sobre ella.

— …

— ¿No se le ocurre nada?

— Es difícil de describir.

— Inténtelo.

— Bueno... Imagine que tiene una relación parecida a una partida de ajedrez. Cada movimiento debe estar muy medido y calculado, y el más mínimo fallo puede poner de pronto a tu rey contra las cuerdas. Eso me provoca mucha tensión. Sobre todo porque mi contrincante es algo así como un bloque de nitroglicerina; si lo agitas demasiado fuerte, te estalla en la cara.

—¿Y por qué le crea tanta inseguridad? ¿Tan exigente es?

—Peor. Hay que añadirle el hecho de que en principio crees que estás jugando al ajedrez y de pronto ¡zas!, cambian las reglas del juego y estás jugando a las damas.¿Quién no va a volverse loco así? Mire dónde he terminado, en su consulta —respiró hondo—. El otro día tuve un sueño, ¿sabe? No recuerdo nada de él apenas, sólo una cosa. Sus ojos, los de ella. Sus ojos taladrantes mirándome desde la oscuridad, acechando cada movimiento.

—¿Y qué le decían esos ojos?

—No lo sé, sólo me miraban. Me hacían sentir... desnudo. Vulnerable. ¿Conoce la historia de Edipo?

El psicólogo casi no pudo reprimir una carcajada, pero respondió:

—Me suena.

—Pues bien, ella es la esfinge. Pone a prueba a todo aquel que se cruza en su camino, desde las personas que le dirigen un puñado de palabras hasta las que le son más cercanas. A todas, constantemente.

—Eso debe de ser agotador.

—Para cualquier persona sí, pero ella no se cansa. Está analizándolo todo siempre, como si ella fuera una científica y el mundo su laboratorio de pruebas. Cuesta distinguir cuándo habla en serio y cuándo no lo hace. Además, cada vez que me mira tengo esa sensación de que sabe todo de mí y que, si quisiera, podría hacerme volar en pedazos con sólo chasquear los dedos.

—Pero usted está aquí, conmigo. Se ve que no lo ha hecho.

—No lo hace. No creo que lo haga. Pero puede, ahí está el miedo. Es esa capacidad latente la que asusta. No se puede controlar, doctor. No se puede. Es como querer agarrar a un animal salvaje y enseñarle a ser civilizado después de casi media vida en la selva. ¿Cómo le dices al mar que vaya más despacio o que tenga menos olas?

—No se puede pero... sí se puede construir un barco más fuerte.

—¿Qué quiere decir?

—Que si ella no quiere cambiar, y realmente no tiene por qué hacerlo, o se adapta o se marcha. No todo el mundo está hecho para llevarse con todo el mundo. Si me habla de una persona que cambia constantemente, tal vez esté más perdida de lo que piensa. Quizá no lo tenga todo tan medido. Y querer que sea estable... bueno, todos hemos estado perdidos alguna vez. Es algo que no se puede controlar. Pero si le causa tantos transtornos ese hecho, tal vez debería alejarse.

—Pero no quiero. No quiero hacerlo.

—Entonces tendrá que aprender a lidiar con ella de la manera que sea. Aunque me pregunto si esa personalidad inestable no hará que la suya se tambalee. Recuerde que la esfinge, hasta que llegó Edipo, se dedicaba a devorar a todo aquel que no resolvía sus acertijos. Espero que haya algo constructivo en esa relación. De otro modo, quizá se encuentre usted ante una terrorista emocional.